La Cisterna Basílica de Estambul es una obra maestra de la ingeniería hidráulica antigua, en este caso de época bizantina, pues fue promovida por el emperador Justiniano I en el siglo VI (probablemente sobre otra construcción anterior de tiempos de Constantino, en el siglo IV). Es un enorme estanque subterráneo que se nutría del agua procedente de varios acueductos y proveía este recurso básico al Gran Palacio de Constantinopla, especialmente a modo de depósito de reserva en caso de asedio o necesidad. En este post te mostramos algunas curiosidades que te sorprenderán y, a buen seguro, te animarán a visitarla.
Unas dimensiones colosales
Lo primero que llama la atención al entrar en la Cisterna Basílica es su enorme tamaño. Con sólo citar sus dimensiones, uno se puede dar cuenta de ello. Su planta es de 143 metros de largo por 65 metros de ancho, con una altura de más de 10 metros. Eso propicia una caverna con capacidad para almacenar cerca de 100.000 m3, lo que la convertía en la más grande de toda la ciudad (que llegó a tener unas 60, según algunas fuentes).
Un nombre peculiar
El nombre en sí mismo resulta algo extraño: el término “basílica” se empleó por ubicarse bajo la stoa (construcción porticada alargada) de la basílica de la ciudad (edificio alargado con fines judiciales). Por tanto, se encontraba bajo uno de los lugares más importantes de la antigua ciudad de Constantinopla.
Una arquitectura de palacio
En turco, el nombre popular de la Cisterna Basílica era el de Yerebatan Sarayı, que se puede traducir como ‘palacio sumergido’. Esto es así porque la arquitectura recuerda más a la de un palacio que a la de una infraestructura hidráulica que, además, permanecía oculta a los ojos de los demás. Su simetría, su monumentalidad y su bosque de columnas pueden recordar incluso a un templo religioso.
Columnas llenas de historia
De hecho, sus 336 columnas, repartidas en 12 filas de 18 cada una, esconden una historia muy relacionada con la religión: fueron traídas una a una de importantes templos antiguos de Anatolia, motivo por el que están hechas en mármol y cuentan con sus respectivos capiteles, tanto de estilo dórico como jónico y corintio.
Dos capiteles misteriosos con la cara de la medusa
De todos los capiteles, hay dos que se salen de la norma y están llenos de misterio. Se encuentran en una de sus esquinas y tienen tallada la cabeza de la medusa, en este caso no a modo de capitel sino de basa. Ya se sabe que este monstruo mitológico petrificaba a quien lo miraba, así que se cree que para neutralizar ese efecto no deseado en los visitantes, se colocaron al revés y mirando hacia los lados exteriores del recinto.
Un colosal pozo olvidado
Cabe decir que la Cisterna Basílica de Estambul se siguió utilizando durante siglos, pero cayó en desuso a partir de la conquista otomana de Constantinopla. Desde entonces, se promovió preferentemente el uso de agua corriente, haciendo que pasara al olvido… al menos para la mayoría de la población, pues se sabe que en el siglo XVI había ciudadanos del entorno que, con un sistema secreto de pozos, lograban extraer agua e incluso peces.
Por suerte, ese olvido es ya fruto del pasado. Y, de hecho, en los años 80 del siglo pasado se sometió a una profunda restauración para permitir la visita turística, algo que hoy es posible mediante plataformas de madera elevadas. Las entradas, por cierto, no están incluidas en el abono de museos de la ciudad y su precio varía según la hora de acceso, a partir de 1.500 liras turcas (cerca de 30€), con precios reducidos para niños pequeños. Se aconseja consultar antes para obtener información más exacta.


